Libertadores de Belenciana, probablemente viene a llenar el vacío existencial del algún frustrado amante de la música que busca su particular redención en impulsos supuestamente creativos de producción musical. Si buscáramos angustiosamente algún parentesco musical, quizás su patético pastiche de melodías sólo podría equipararse a lo más prescindible y bizarro que nos hayan ofrecido las efímeras carreras de (y aquí viene el desfile de lamentables nombres) Fran Perea --o como demonios se escriba--, el patinazo llamado Chenoa, y sí, atrévanse a creer en este sacrilegio, en la misma órbita empleada por el taciturno y alicaído Manu Carrasco. Pero bueno, las cifras estúpidas de audiencia nunca le hacen justicia a greñudos genios como Frank Zappa —Descanse en paz, señor— o al trotador y pujante Ty Segall que provocará incomprensibles migrañas humanas con sus resonantes detonaciones psicodélicas.