Con suma fatiga he tenido que esforzarme para realizar una atribulada disquisición sobre "Sweet Child O' Mine", una discordancia exageradamente sobrevalorada parida por la estruendosa maquinaria de los angustiados y melóticos Guns N' Roses. Un conjunto musical efectista, de soporífera histeria, cuyo son ante mis castigados oídos hiere el buen gusto tanto como lo hace ese huracán de acordes primitivos escogidos al azar del depósito universal del rock 'n' roll. La citada composición, un tributo tortuoso e inclemente a la inocencia perdida, se sostiene por una guitarra líder absurdamente chillona, perpetrada por un tal Slash, autodenominado virtuoso de las seis cuerdas cuyo talento no logra alcanzar, ni con notable benevolencia, a los pulpejos del indómito Jimmy Page o al temperamental genio Jill Fruiscante. Axl Rose, con su apabullante patada en la garganta, demuele lo poco que queda del despojo de una melodía y de una trama ya de por sí convulsa con su interpretación de descuido experiencial.