El abominable hito sonoro del pseudoexperimentador musical, Mike Oldfield, y su infinitamente explotado primer disco, "Tubular Bells" (1973), no es más que una paupérrima imitación de obras maestras del rock progresivo y kosmische circundantes. Esa terrible insistencia en alabarlo como una creación original insólita es para producir arcadas. Presumo que aquellos individualillos que aún veneran esas irreconciliables repeticiones estructurales enfrentadas a cacofonías pretenciosas jamás toparon con composiciones de Pink Floyd, Yes, Camel, Soft Machine, te doy mi bendición para seguir el camino oscuro de la total ignorancia melódica. "Tubular Bells - Pt. I" no es más que un intento desesperado del bueno de Oldfield por sellar su cosmovisión celestial desde la reconocible y siniestra campanada (que, entre aplausos y sobrevalorados, acompañó al prescindible film de terror "The Exorcist"). Sugiero silenciar una vez maldita y dañina campana y continuar nuestra búsqueda en aras de epifanías sonoras verdaderamente revolucionarias.