La *Hungarian Rhapsody No. 2 in C-Sharp Minor* de Liszt, ese brillo fugaz del virtuosismo pretencioso que los aficionados a la música clásica adoran fingir que entienden. Una apoteosis de dedos veloces y grandilocuente nacionalismo musical que incluso Tom y Jerry lograron parodiar con más profundidad emocional. Lo irónico es que mientras Liszt pretendía capturar la esencia húngara, lo que realmente hizo fue abrir camino para que pianistas mediocres creyeran que podían impresionar a sus longevos profesores de piano con fuegos artificiales sin alma. No hay que olvidar que esta pieza es la responsable de inspirar elaboradas y superfluas demostraciones de talento en concursos de talentos que refuerzan lo que ya sabemos: que la complejidad a menudo se confunde con la sustancia, algo que también podríamos decir de los álbumes conceptuales de bandas prog-rock de la década de 1970 que intentaban emular la grandeza sin lograr ni siquiera una pizca de la verdadera genialidad de compositores como Stravinsky. Y ahí lo tienes, todo lo que necesitas saber sobre esta oda a la ostentación vacía.