Atrincherada en lo más profundo del marasmo pop de nuestro tiempo, Rosalía nos "deleita" con "Chicken Teriyaki", intento indefendible de modernidad sonora perpetrado por estos supuestos "artistas" en su búsqueda desesperada por la relevancia mundial –y digo intento, porque a estas alturas ya sólo puede lucrar con las ansias voraces de su audiencia, incapaz de –y esto duele decirlo– reflexionar críticamente y optar por influencias más nutritivas (¿alguien dijo Portishead?) . Las inevitables campanas de la futilidad nos anuncian la muerte inminente de la música, mientras en algún lugar a lo lejos, Björk debe preguntarse qué demonios pasó con sus legítimos herederos en el arte de fusionar géneros.