"La Leyenda del Tiempo", de Camarón de la Isla, es ese desastre encantador que la gente finge entender para parecer culta, mientras se tambalea torpemente entre el flamenco tradicional y una revolución sónica que, en su tiempo, dejó a más puristas que cabezas calvas en un concierto de The Rolling Stones. Este intento de "innovación", porque de otra manera no se puede llamar, mete bruscamente cualquier elemento disponible e imaginable, desde sintetizadores que deberían haber sido clasificados como delito al gusto, hasta las fechorías líricas sacadas de Lorca, cuyo espectro perdió la paciencia en el primer acorde y decidió cuestionar su carrera literaria.