"Jesucristo García" de Extremoduro, esa obra maestra para adolescentes rebeldes que descubren la guitarra eléctrica y creen que el nihilismo es algo más que una excusa para no hacer los deberes. Es el equivalente musical de un póster de Jim Morrison con las frases típicas de un "malote" incomprendido; una amalgama de gritos desafinados y guitarras distorsionadas que intenta desesperadamente evocar la desidia de Patti Smith, pero termina sonando como un refrito de baratillo de La Polla Records con una pizca de aquel Bowery de mala muerte donde los Ramones hacían un ruido mucho más honesto. Robe Iniesta vomita letras que parecen escritas en el reverso de una servilleta en un bar de carretera, con más pretensión que sustancia, mientras sus acólitos adolescentes caen en una marea de falsa irreverencia. Parece que el epitafio del rock ibérico lo escribieron ellos, en la parte trasera de una furgoneta, encajonando el talento detrás de una nube de humo y postureo. ¿Y luego se preguntan por qué acaba uno aburrido de la vida? La respuesta está enterrada en las cenizas del cuarteto de Plasencia.