"Cheval" de Igorrr es una excusa musical tan caótica como presuntuosa, una amalgama de sonidos que sugiere que metieron a Bach, Death Grips y un gallo en una licuadora mientras un DJ de bodas mediocre bajaba la palanca. La cacofonía barroca y metalera, condimentada con excentricidades electrónicas, no es más que un ejercicio de autoindulgencia digno de un público que se siente especial por fingir que lo disfruta, cuando en realidad ni siquiera Radiohead en su fase más enrevesada hubiese sido tan pretenciosa. En un mundo donde todavía resuena la genialidad de Frank Zappa o la delicadeza experimental de Aphex Twin, Igorrr parece menos un innovador y más un niño que encontró el botón de 'aleatorio' en la música.