"Calle Melancolía", una oda al eterno autoflagelo lírico de Joaquín Sabina, ese trovador de bar que, en su afán de ser el Dylan de Alcalá de Henares, perpetuamente se pasea por callejones oscuros con olor a puros y whisky barato. La canción es el equivalente musical a ver a un bohemio frustrado saboreando una resaca existencial en tecnicolor. Sabina recoge una serie de clichés de tristeza urbana, mientras intenta reavivar una especie de autenticidad que solo parece autentica en su propia cabeza. Una pizca de Ángel González y un chupito de Leonard Cohen diluidos en uno de esos acordes predecibles que cualquiera que haya sobrevivido a La Movida Madrileña podría haber escrito en un café al amanecer. Mientras tanto, uno no puede evitar suspirar y recordar que, a veces, el silencio es música para los oídos. Con "Calle Melancolía", Sabina reafirma su lugar no tan venerable en el panteón de canciones para engrandecer resacas; es, simplemente, otro paseo sonámbulo por el limbo artístico que él llama hogar.