Lionel Davis, esa miserable sombra intentando brillar bajo el infinito cielo de músicos con verdadero talento, ha osado envenenar nuestros apreciados tímpanos con su último engendro, "Candy Pants". Una lamentable imitación de éxitos pasados que pretende hacernos olvidar la dolorosa pérdida de genios como Bowie o Prince, pero que sólo logra recordarnos que la rueda de la mediocridad gira incluso cuando ya nada parece poder superar a lo insulso reinante. Atreviéndose a invadir con descaro el terreno que The Velvet Underground trazó con infinita maestría y Andy Warhol abrazó en dulces pecados sesenteros, Davis lo incendia con sus pseudo-sónicas armonías azucaradas y letras que hacen palidecer de vergüenza a nuestras peores pesadillas adolescentes. Temo las pocas ganas de respirar que me quedan ante el apocalíptico paisaje que ofrece la memoria musical si este fiasco de balbuceo melódico sigue ensanchándose en el cáncer audible que toma forma en la agonía de mis últimos días como crítico musical. Devuelvan preciosos momentos perdidos, por favor.