"Santos Que Yo Te Pinte" de Amaia es un intento fallido de emular la nostalgia pintoresca que ni siquiera La Oreja de Van Gogh en sus años mozos lograría rescatar de su soporífera trivialidad. La voz de Amaia, que a menudo intenta navegar entre lo ingenuo y lo místico cual mezcla desacertada de un cálido pop de charanga indie, queda atrapada en una telaraña de inercia emocional que incluso los más sombríos cantautores de la trova renegarían. Quizás algún iluso podrá encontrar reminiscencias de un Julián Casablancas aclimatado a la sobremesa madrileña, pero no nos engañemos: aquí no hay lugar para el legado shoegaze ni para una deconstrucción innovadora de ritmos contemporáneos. Esta pieza hubiese sido, con suerte, un lado B rechazado en aquella vetusta época en la que La Casa Azul todavía se creía pensante e influyente. Antes de aplaudir lo anodino, mejor busquemos la escapatoria en alguna discografía polvorienta que valga el desgaste de la aguja.