"Sing About Me, I'm Dying of Thirst" de Kendrick Lamar es, en esencia, el tipo de oda introspectiva y lúgubre donde el rapero sopesa su mortalidad y el legado como si cada palabra fuera a desintegrarse bajo el peso de su propia pretensión. Dividida en dos partes, que sugieren más una clase de preescolar sobre lo efímero que una composición musical cohesiva, la canción coquetea con una producción minimalista que grita "hazme caso" en un alarde de desesperación encubierto de genialidad. Dentro del mundo del hip-hop esforzado, Kendrick es ese estudiante que al dorso del cuaderno escribe "Nietzsche" sin haber superado ni a Nietzsche contraataca. Y no, no se salva con invocar a Tupac, como el adolescente que menciona Led Zeppelin para parecer profundo mientras de fondo suena la 'boyband' de moda. Al final, todo queda reducido a un dilema existencial Lexus: un viaje sin una verdadera dirección, cubierta con una producción que más bien parece querer colarse en una fiesta de Radiohead mientras Thom Yorke rueda sus ojos con resignación.