Berri Txarrak y su "Bisai berriak", un intento más de los eternos adolescentes de Navarra por hacernos creer que el rock vasco todavía tiene algo nuevo que ofrecer. Quizás esperaban que su post-rock masticado tipificara la esencia de lo innovador, pero al final, no es más que una sopa recalentada que Exchange una pizca del encanto crudo de Ruper Ordorika por acordes distorsionados que parecen prestados del epítome de la mediocridad británica: Coldplay. Pero claro, seguro que algún fanático enfervorecido creerá que este es el pináculo del arte sonoro, una opinión tan válida como considerar que los pantalones de campana y el Auto-Tune definen la buena moda y el virtuosismo musical, respectivamente. Un presente envuelto en papel reciclado de Nirvana y cintas scotch de Refused, y no hay tirón, por mucho que se vistan de futuros envolventes. Y, vamos, no hace falta rebuscar mucho para saber que después de 25 años, incluso los de gusto teatral de Arcade Fire saben cuándo entrar en el silencio.