"O Fortuna" de Carl Orff, ese testamento musical al que recurren hordas de directores de cine y publicidad con más pereza que talento. Porque, claro, ¿quién necesita originalidad cuando puedes poner ese fragmento estruendoso y fingir profundidad? Orff, en su notable hazaña de exprimir la épica profundamente superficial, termina sirviendo de banda sonora de más tráileres de películas mediocres que cualquier obra de Zimmer. Aplaudo que "O Fortuna" logre convertir algo tan anodino como un comercial de desodorante en una supuesta experiencia transcendente, como recurso, está a la par de esos puentes previsibles de Coldplay que hacen que algunos crean que están escuchando algo innovador. Luego viene la ironía: a pesar de estar musicalmente más cerca del espectáculo circense que del sublime Satie o la arquitectura matemática de Bach, se folclorizó como símbolo de genio musical. Así sigue Orff, reciclándose sin descanso, la odisea del cliché musical elevado a su máxima expresión, para quien sabe escuchar solamente lo obvio.