"Suzanne", esa canción de Leonard Cohen que los pseudo-intelectuales de salón no pueden resistir recordar con nostalgia, idolatrando a su santo patrón de la depresión melódica. ¿De verdad necesitamos otra referencia a la tal Suzanne, a su cadavérico baile y las extrañas limosnas que colecciona en su exorbitante vestido? Pero supongo que hay que rendir tributo al padre, al precursor del lamento en gravedad cantado, antes de que todos los demás se subieran al barco, como Nick Cave y su admiración casi patética por el bardo canadiense. ¿Y Tom Waits? Qué vulgaridad la de comparar su ruinoso repertorio con la cacareada sensibilidad de Cohen. Y, por Dios, no me hagan hablar de los miles de covers de Suzanne por cantantes mediocres tratando de arrancar sus múltiples lágrimas de almíbar. Baste decir que cada vez que alguien canta suavemente sobre revoltosas cartas de amor las musas mueren en omnipresente sinfonía. Pero bueno, quizá es momento de suspender mis tropes tormentosos, no vaya ser que muera antes de tiempo.