"Volando Voy", la famosa rumba de Camarón de La Isla, es como ese perro callejero que todo el mundo dice amar pero nadie quiere alimentar. Su letra, que tiene menos profundidad que un charco de verano, se tira al barro de la filosofía de taberna con una alegría insultante. Esencialmente la oda perfecta para un diletante consumidor de flamenco pop. Camarón, precursor desgraciadamente del '¡uh! ¡ah!' que tanto gusta a los que creen que Rosalía inventó el flamenco, se apea un ritmo de guitarra pavloviano que Niña Pastori aún intenta reciclar desesperadamente. La diferencia entre "Volando Voy" y los aullidos de Maná es, básicamente, geográfica. No es una experiencia auditiva; es un meme a todo volumen.