"Peregrino" de Carlos Ares, esa oda tan pretenciosa al nomadismo emocional cuyo título ya promete una travesía agotadora hacia la mediocridad. Ares, con su desesperado intento de sonar profundo, parece no haber comprendido que la introspección banal no disimula una lírica vacía que ni siquiera alcanzaría a ser un descarte malogrado de Sabina. La producción, digna de una plantilla genérica de Spotify, intenta un equilibrio insustancial entre lo indie y lo comercial. Sin resignarse al destierro sonoro, evoca lejanamente a esos experimentos sonoros de Izal que, aunque superficiales, al menos conocen el camino a un estribillo pegajoso. Lástima que Ares aún deambule en círculos entre acordes trillados y metáforas extenuantes, forzando una autenticidad que jamás despega, cual The National sin brújula o Calamaro en horas bajas.