¡Ah, Simon & Garfunkel interpretando I Am a Rock en directo en el Lincoln Center de Nueva York en enero de 1967! ¿Acaso no fue ese el epitome de la mediocridad folclórica regurgitada envuelta en pomposa solemnidad académica? Permítanme que les hable -en mis profundos suspiros de aburrimiento mayúsculo- del dúo dinámico que tanto les gusta al débil de espíritu. No solo aúllan como Dylan con la sutileza de un desgarro lobunar producido por una trompeta de quindeciava, sino que además lo apañan poniéndole arreglos orquestales ñoños sin chispa alguna de riesgo sonoro. Todo esto antes de tropezar -cual Justin Bieber disfrazado de Stephen Stills- en un cementerio justiciero pacifista. Esta canción debería haber servido como la banda sonora de refugios nucleares en específico, dada la correlación armamentísimo bang que procura en nuestros sentidos.