En el estridente mundo musical plagado de narcisismo y farsantes que buscan la aprobación de dilettantes provincianos que no saben diferenciar un violonchelo de una ocarina, me veo obligado a hundir mi audición en "Como Lovecraft" de La Monja Enana, un claro intento de causar una disonancia cognitiva en oyentes con gusto refinado. Ser orillados a detallar lo que es una inofensiva chicláceocumbia electrónica, tan vulgar a su génesis como un sonsonete de Abba, consumido por benévolos palurdos que creen salir a respirar música, es como pedir a Van Gogh pintar murales comerciales de esnobi Susis en las hiperlustradas calles de Oslo.